domingo, 11 de enero de 2026

Un Inmigrante

Autobuses en Murcia

Hace que no cogemos el autobús en Murcia desde ni me acuerdo. Tenemos una tarjeta tricolor que en su momento adquirimos y que apenas usamos. Muchas veces, cuando vamos al centro nos la llevamos por si acá, pero al final siempre regresamos andando y no utilizamos el bus. 

Pero ayer, pajareando por el Corte Inglés, nos dieron más de las nueve y la vuelta a casa a nuestro ritmo, nos lleva media hora larga. Hacía fresquete y no apetecía nada emprender el largo regreso; total, como llevábamos la tarjetita, decidimos tomar alguno de los múltiples autobuses que llegan a nuestro barrio y hacer el trayecto cómodamente sentados.

Abordamos el primero que llega:

-Buenas, ¿pasa por Torre de Romo?

-Sí.

Pues arriba entonces. Como hace tanto de la última vez, no sabemos muy bien -ni muy mal- como funciona el asunto. 

-Hay que pasar la tarjeta por el lector -nos indica el conductor-. Obedientes, la pasamos y se enciende una lucecita roja.

-No tiene saldo. Al año, si no se usa, se desactiva.

-¿Y entonces, qué? ¿podemos pagar con dinero?

En estas estamos, cuando otro pasajero, un chico joven que nos había cedido el paso en la subida al autobús con una sonrisa de oreja a oreja y que estaba a nuestro lado presenciando la movida tarjetera, sin decir palabra, aproxima la suya al lector y la pasa ¡tres veces!

-Hala, ya está, dice y se va hacia dentro. 

Con la sorpresa nos cuesta reaccionar y cuando caemos en la cuenta de su gesto, el chico ya se ha perdido en las profundidades del autobús. Nosotros nos sentamos en la segunda fila que estaba libre y comentamos la jugada. Primero con sorpresa y después con gratitud. 

Un joven, del otro lado del charco grande -por su aspecto y acento-, de las Américas, que para unos descubrimos y civilizamos y para otros, también esquilmamos y masacramos. Opiniones hay para todos los gustos e intereses, y si no que se lo pregunten a la Leyenda Negra. Allí llevamos nuestra cultura, nuestro idioma y nuestra religión; creamos ciudades, fundamos universidades y erigimos catedrales.

Pues de allí procedía nuestro sorpresivo benefactor, al que pasados unos minutos, y tras el desconcierto inicial, me acerqué para agradecerle el detalle y ofrecerle una compensación para recargar su tarjeta, que enérgicamente rechazó sin perder la sonrisa y la afabilidad. Como pude, le introduje un billete en un bolsillo de la sudadera y con el eco de sus protestas regresé a mi lugar.

Al rato llegamos a nuestro destino y, ya en la acera, el autobús retomó la marcha y pudimos ver a nuestro joven amigo saludándonos y llevándose efusivamente el puño al corazón con la sonrisa en el rostro.

Y me pregunto, si cualquiera de nosotros, hispanos de pura cepa, en una circunstancia similar, habríamos arrimado nuestra tarjeta para que dos inmigrantes pudieran abordar un autobús. 

Por el camino recargamos nuestro bono para ocasiones posteriores, y el buen sabor de boca y la satisfacción de encontrar personas buenas por el mundo que sin esperar nada a cambio actúan con empatía y desinteresadamente, nos lo llevamos a casa.