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jueves, 4 de junio de 2020

Antonio Benelli

Motero siempre

Ficha técnica:

Después de 29 años confesados, Antonio Benelli cabalga de nuevo. Tras hacer durante X largos años lo que había que hacer en la vida, empezando por ser buen hijo, esposo y padre, siguiendo por trabajador incansable, inquieto e innovador y de cultivar aficiones convencionales, lease: fotografía, vela, senderismo y hasta bailes de salón, como buena cabra, se ha tirado de nuevo al monte para hacer lo que le pide el cuerpo, y para ello, fiel a su primera marca, ha reiniciado la ruta a lomos de su nueva Benelli Imperiale, actividad que, no me cabe duda, promete darle muchas alegrías, amén de algún que otro quebradero de cabeza. 

¡Buena ruta amigo y disfruta mientras puedas!

domingo, 23 de octubre de 2016

Agua Dulce, Agua Salada

Acequia Alquibla (Beniaján)

Casa derruida

Cactus de Arizona en flor (Opuntia Bigelow)

Embalse de la Pedrera. 1 (San Miguel de Salinas)

Embalse de la Pedrera. 2 (San Miguel de Salinas)

Mirador de Aves. Salinas de Torrevieja

Rezumando sal

Canal en la salina

Bloque de sal

Salinas de Torrevieja. 1

Salinas de Torrevieja. 2

Estación de Canteras. Graffiti

Estación de Canteras. Señalización

Estación de Canteras

Un día de excursión en moto, saliendo por los carriles de la huerta hacia Beniaján, Los Ramos y Torreagüera. 

Dejando autovías a un lado y por la carretera de Torremendo, seguimos hasta llegar al embalse de la Pedrera, que rodeamos por el norte al alcanzar la carretera de Orihuela a San Miguel de Salinas, lo dejamos atrás y continuamos en dirección a Los Montesinos hasta llegar a las salinas. 

De vuelta y tras rodear las salinas, pasamos por Torrevieja con rumbo a San Miguel de Salinas y de allí hacia Torremendo, para tomar la carretera de la estación que nos lleva a la abandonada estación de Canteras, y de allí, ya por la carretera de Sucina, de vuelta a Murcia al anochecer.

¡Un paseito! 

viernes, 14 de noviembre de 2014

Motocarro del S. XXI

Piaggio. Ape Calessino. 1

Piaggio. Ape Calessino. 2

Piaggio comercializa motocarros desde el año 1947, y todos con el mismo nombre: Ape (Abeja). Desde el primer Ape A con su motor de 125 cc, hasta el Ape Calessino de 2007, con motor diesel de 425 cc han pasado sesenta años, pero no ha perdido su encanto de vehículo retro para lucir palmito por las playas. 

lunes, 30 de diciembre de 2013

Mis Motos II

Vespa 150

El asunto de la moto de campo estuvo bien mientras duró, esto es, hasta que la Cota 247 dijo ¡hasta aquí hemos llegado!, época que coincidió con el abandono progresivo por parte de mis amigos de las actividades moteras para pasar a los coches estrenando sus carnets de conducir.

Como a mí no me llegaba para un coche, y yo necesitaba circular por carretera, cambié mi vieja Cota por una no menos vieja Vespa (dorada, eso sí) para poder visitar a mi novia allá donde estuviese.

Ni que decir tiene que la Vespa dorada cascó al primer intento de viaje serio desde Campoamor a Playa Honda viniendo a pararse en pleno mes de agosto entre los Alcázares y El Algar. Como ya tenía costumbre, me orillé al arcén y destripé media moto hasta que conseguí que me llevara a término al cabo de unas cuantas horas y... ¡con una magnífica caja de bombones derretidos!  

Aquello no tenía remedio y al finalizar el verano del 85 le dí pasaporte a aquel montón de chatarra dorada, esfumándose con ella los últimos restos de mi regalo de fin de COU.

Mobylette Cady 50

Durante un brevísimo lapso de tiempo en mi época estudiantil, cabalgué una Mobylette Cady como la de la foto, a la que por faltarle, le faltaban todas las chapas laterales, cubrecadenas, tapa de herramientas, faro delantero y hasta el silencioso del tubo de escape. Aquel esqueleto me lo regaló mi buen amigo Angel Manuel y me hizo un papel estupendo mientras duró. El faro fue sustituido por una linterna de petaca por las noches y el silencioso por un bote de cerveza agujereado y relleno de lana de acero que hacía su papel. Lo malo fue que al no tener donde guardarla, dormía en la calle y una mañana había volado.

Lambretta 200

El gusanillo seguía ahí, y también seguía sin haber dinero para un coche por chico que fuera, así que volví a las andadas. Quería una moto que me diera cierta independencia y libertad de movimientos. La cosa se planteó entre Vespa y Lambretta; la primera muy fiable y casi el doble de cara y la segunda más asequible, con una línea más bonita y dudosa fiabilidad.

Con estas premisas y dados mis escasos y esporádicos ingresos, me decanté por la segunda, que pude adquirir gracias a mi primer préstamo avalado por mi padre y de cuyos últimos plazos se hizo cargo para librarme de él cuando ya no tenía ni la moto. Nunca olvidaré aquella visita al Banco de Bilbao en la calle Mayor de Cartagena, donde mi padre tenía su cuenta y me concedieron el préstamo para la moto después de mucha ceremonia. 

Desgraciadamente la bonita Lambretta no cumplió las expectativas puestas en ella, pues se averiaba continuamente. A pesar de ello, pudimos hacer algunas excursiones memorables al Balneario de Archena o al Pantano del Cenajo (la más larga y divertida), entre otras. Las noches de invierno cerca de la madrugada,  de vuelta a mi casa, congelado, forrado de periódicos, con un verdugo casero bajo el casco, casi sin sentir las manos y  por el Puerto de la Cadena y la antigua carretera de Murcia a Cartagena, ribeteada de árboles con un miedo atroz a que en cualquier momento un animal descontrolado surgiera entre ellos y colisionara conmigo, es el peor, con mucho, recuerdo de aquella Lambretta.

Derbi Variant 50

Ya de recién casados y aunque teníamos el Balilla, necesitábamos un segundo vehículo de complemento y apareció una flamante Derbi Variant roja de segunda mano que iba como un reloj. Y en ella estuvieron a punto de liquidar a mi recién y joven esposa en un cruce donde un coche saltándose un semáforo la embistió, y por centímetros el impacto se lo llevó la moto haciendo que conductora y vehículo salieran despedidas y revolcadas por el suelo. Dios y toda su Corte Celestial estuvieron al quite y el lance se resolvió con un tremendo susto y una considerable colección de magulladuras. La Derbi fue vendida y mi esposa nunca más se puso a los mandos de una motocicleta. Ni falta que le ha hecho pues conduce de maravilla vehículos de cuatro ruedas.

Peugeot st 50

Los scooter dejaron de lado a los ciclomotores; ya no había que llevar los pies en los pedales y tenían un carenado que protegía del agua, además de un arcón delantero y un hueco bajo el asiento para llevar cosas. Perfectos para callejear en plan señorito por la ciudad. 

Honda Vision 50

Y durante casi diez años constituyeron mi medio de transporte para trabajar. No había problemas de aparcamiento y por su tamaño eran muy cómodos y ágiles. El primero fue una Peugeot de 50 cc con motor honda que no me dio prácticamente problemas, aunque los accesorios no resultaban baratos, de ahí que cuando lo jubilé me pasé a uno muy similar pero mucho más económico de mantener: una Honda Visión 50 cc de colorines que estuvo en mi poder hasta 1998 sin darme un solo disgusto.

Honda CB-250 Two Fifty. 1

Lo de la Two Fifty fue un poco de carambola. El pequeño scooter de colorines no me servía para desplazamientos fuera del casco urbano y como tenía que desplazarme de vez en cuando fuera de la ciudad, y el coche familiar lo tenía adjudicado mi siempre joven esposa, me planteé adquirir algo mayor.

La cuestión económica, como siempre y por desgracia, primaba sobre cualquier otra consideración, así que como quería una moto nueva, por precio empecé por las Yamaha y Suzuki. Como las Honda se salían de presupuesto, fijé mis ojillos en la Yamaha SR Special 250, con su manillar alto estilo chopper y figura estilizada, descartando casi desde el principio a la Suzuki GN 250 por su aspecto mucho menos estilizado. 

Cuando llegué al concesionario de Suzuki -ya varias veces visitado- a comprar mi nueva moto, vi en un rincón una Honda CB 250 negra, impecable y reluciente. El vendedor se fijó en ello y me dijo que acababa de entrar esa mañana; que pertenecía a una chica que la había comprado dos meses atrás y que la acababa de cambiar por una Yamaha porque la Honda le resultaba demasiado alta. ¿Cuanto vale? Pues valía menos que la Yamaha que iba a adquirir, al ser de segunda mano. Salí con la moto puesta y hasta hoy.

Honda CB-250 Two Fifty. 2

Mi Two Fifty sí que me ha dado juego, fácil de conducir, barata de mantener, consume menos que un mechero y encima es bonita. Después de 15 años ya tiene sus achaques, como todos, pero me ha llevado a trabajar un día detrás de otro y me ha permitido recorrer toda la Región y alrededores por su carreteras secundarias -nunca me han gustado las autovías para la moto- disfrutando de esa sensación tan agradable que produce ir en moto y que sientes cada vez que subes a ella.

Alguna vez me he planteado cambiarla por uno de esos scooter ultramodernos que dominan ahora nuestras calles, pero solo me lo he planteado, porque es más que probable que nos acabemos jubilando juntos.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Mis Motos I

Con tupé y estrenando la Cota 247

Si no te gustan las motos, aunque sea un poquito, no merece la pena que sigas el hilo, porque hoy, esto va de motos. No de motos en general, ni de formas de vivir, ni del viento en la cara, ni de la libertad sobre dos ruedas. No, no va de nada de eso aunque pudiera, solo va de recuerdos.

De recuerdos de toda una vida a una moto pegado. Desde la primera a la penúltima y, posiblemente, dejándome alguna en el tintero. No por muchas, sino por flojera en la memoria.

Como para muchos, mi aventura motera comenzó sobre la moto de un amigo allá por los 16 años, cuando uno es de goma y está preparado para blandearse contra el suelo cuantas veces haga falta. Las motos de los amigos por aquella época eran trialeras o de enduro, o sea, de campo, por lo que las costaladas no revestían especial gravedad.

Con esos mimbres aprendí a montar -y a caerme- en moto -tan importante, o más, lo segundo que lo primero- y llegó el momento de la primera. Una buena amiga de mis padres, Carmen Salaya, me tenía prometida una moto si aprobaba COU y Selectividad de una tacada en junio. Aquella promesa fue el mejor acicate para que yo cumpliera con mi parte y en llegando el verano le recordara a mis padres la promesa de su amiga.

Bueno... no te lo tomes muy en serio... son cosas que se dicen... no veo conveniente recordárselo...

Pero yo había cumplido, mis amigos tenían motos y yo quería la mía. Así que insistí. Vale, pero no te pases, un Vespino y vas que arreas. Con esta y otras indicaciones por el estilo nos personamos en casa de Dña. Carmen, mujer envuelta en una nube de humo producto de su sempiterno pitillo entre los dedos y que no soltaba más que para encender otro.

Aquí estamos, ¿qué hay de lo mío? La mujer, ceremoniosa, sacó un abultado sobre de un cajón y sin más preámbulos comenzó a apilar parsimoniosamente -entre largas caladas-, billetes "de a mil" sobre la mesa ante mi atenta mirada y la incomodidad de mi madre que pronto empezó a decir que ya estaba bien, que para un Vespino ya había bastante, que... Pero la otra seguía y no iba yo a ser quien la parase. Al fin y al cabo, ¿para que quería yo un Vespino si lo que ansiaba era una moto de monte como las de mis amigos? Al fin paró, ¿tienes bastante para la moto? Sí, contesté mientras contemplaba aquel fajo de billetes más contento que unas pascuas. Aunque mi madrina fue mi abuela, aquella mujer se convirtió en mi hada madrina para los restos.

Y ahora, a por la moto. Así que un buen día nos acercamos a un compraventa de Los Dolores, en Cartagena, mi padre y yo acompañados de nuestro asesor personal en tema de motos, a la sazón, el bueno de Alfredo Magaña, con sus 16 años y propietario de una Bultaco Lobito de 74 cc. amarilla, con la que había aprendido mis primeros fundamentos y sufrido las consiguientes caídas.

Haciendo "caballitos" por el campo

Del escueto muestrario de segunda mano del compraventa fijé mis ojos en la más "gorda", esto es, de mayor cilindrada: una Montesa Cota 247, roja, con una banda negra central sobre el depósito y hasta el asiento que le daba un aire de lo más estilizado.

Aquello había que probarlo y Alfredo, como buen asesor se puso a ello. Tras un par de intentos con la palanca de arranque, la Cota se puso en marcha y Alfredo dio un par de vueltas por el patio aquel en pose trialera. Bien, esto va bien. Yo también quise probarla, conseguí arrancarla al tercer o cuarto intento y emulé a mi amigo por el patio hasta que al segundo giro a aquello le dio por caerse y al vendedor por dar por terminadas las pruebas.

¡Me la quedo! Sin más probaturas decidí que aquella era la mía y unos días después la descargaban en la puerta de casa en Campoamor. ¡Aquello fue lo más! calle arriba, calle abajo y a Las Villas a repostar gasolina. Lo que disfruté aquella moto el tiempo que la tuve daría para enciclopedia y media. ¡Qué más daba que cuando la compré ya estuviera harta de vivir, que los amortiguadores fueran en el tope más alto porque solo le funcionaban los muelles, que el silencioso del tubo de escape hubiese muerto antes de que yo lo conociera e hiciera un ruido de mil diablos y que consumiera 16 litros de gasolina a los 100 km! Todo ello menudencias comparado con el disfrute de triscar por el monte como una cabra subido en aquel estruendo.

No hay nada como una moto vetusta para aprender algo de mecánica y como aquella mi primera lo era, la cosa salía a día de paseo por día de reparaciones, más o menos y sin exagerar. Al final, el carburador no tenía secretos para mí y la bujía y sus continuas perlas eran limpiadas y cepilladas convenientemente entre acaloradas discusiones sobre la distancia idónea de los electrodos para que saltara la chispa. Y que decir de la esponja de acero inoxidable embutida en el silencioso para amortiguar el escándalo del escape.

Y como aún no tenía el carnet, pues todo el día por el campo hasta que me lo saqué: el teórico a la primera y el práctico por los pelos, también, en una vetusta Vespa de autoescuela con las marchas en el puño, que se calaba al dejar de acelerar, y que cogí por primera vez para el examen.

En la Casa del Poeta

En fin, aquella fue la primera. Después vendrían otras cuantas hasta hoy, y de las que escribiré otro día, pero ninguna ha hecho que me sintiera el "Rey del Mambo" como mi querida 247.

Nota: Alfredo siempre fue un tipo tranquilo, de chico, delgaducho, y ya de mayor, con el yudo, se puso como un armario, pero no dejó de ser tranquilo. Con el tiempo cambió la Lobito por un Mini en el que entraba a duras penas. En él me llevó un día a La Manga a visitar a mi futura, y más adelante contribuyó a nuestra boda regalándonos las invitaciones gracias a la imprenta familiar. Ahí estuvo siempre hasta que un estúpido accidente en una salida de la M-30 se lo llevó antes de tiempo. Allá donde fuera, seguro que seguirá derrochando paciencia con esa sonrisa socarrona que le asomaba a la cara cuando hacía uso de ella. 

Alfredo

No todos los días me acuerdo de tí, pero sí que llevo en la cartera -desde siempre- la pegatina de Snoopy en una Vespa roja, en la que anoté tu nombre y el teléfono de la imprenta cuando me ofreciste las tarjetas para la boda. No te he vuelto a llamar, no ha hecho falta. Ya nos veremos.