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| Seo de Palma. Modo Kindle |
Hace unos cuantos Reyes, me trajeron un libro electrónico, el Kindle de Amazon. Una solución cómoda para acumular libros sin tener que buscarles acomodo en las petadas librerías, en las que por no caber, no cabe ni polvo.
La solución ideal si te gusta leer sin tener que apilar libros por los rincones. Todo ventajas: tiene un tamaño muy amanoso, y le caben libros como para cuatro vidas y media sin parar. Como a veces me pongo en plan obsesivo, gracias a y por culpa de mi amiga Pilarín, tras una lista de espera considerable, accedí a un grupo de Whatsapp que se llama La Biblioteca del Barrio, con mil y pico miembros que día y noche suben libros incansablemente.
Y esa fue mi perdición, durante tres meses... o cuatro, me dediqué a descargarme todo lo que se movía, a mitad de ese periodo, empecé a ser un poco más selectivo, porque como diría Rocío, "no me daba la vida": archivar, clasificar, por nombres primero, por autores después y además pasarlos al formato adecuado para leerlos en el Kindle. ¡Un sin vivir! Dejé de leer, y casi dejo de hacer cualquier cosa que no fuera acumular y acumular ejemplares. Y así, unos cuatro meses como he dicho.
En ese tiempo alcancé la cifra de 938 autores, lo que a una media de solo 3 por cabeza, se va a los 3.000 libros del ala. Lo dicho: cuatro vidas y media sin parar. Ahí puse pie en pared y me salí del grupo agradeciendo los servicios prestados, aunque dejando algún miembro de la familia en el grupo, por que ¡nunca se sabe!
Amansada ya mi ansia recopilatoria, que no me llevaba a ningún lado más allá de considerarme a mí mismo un Diógenes digital, comencé a consumir lo que con tanto empeño conseguí reunir.
Y aquí viene la segunda parte de la historia. Los libros en papel, abultan, sí, pero son reconocibles físicamente, en el espacio, y en el tiempo. Cada vez que lo coges, lo sopesas, lo reconoces por sus tapas, acomodas la vista a su tipografía, se te muestra como algo único y diferente (Salvo que pertenezca a una colección en la que solo cambia el nombre de volumen)
En el libro físico puedes pasar las páginas hacia delante o hacia atrás con la naturalidad que te da la costumbre. Si tiene unas tapas bonitas, hasta adorna. Lo tienes a la vista, te familiarizas con él, lo interiorizas, y cuando acabas de leerlo, te acuerdas del título de verlo cada vez en la portada, del autor, y al final ocupa un espacio físico en tu hogar, ganado por derecho propio, y en tu cabeza, porque la memoria es fundamentalmente visual (al menos la mía)
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| Seo de Palma. Modo Libro |
El libro electrónico por lo general pesa bastante menos que el físico en la mayoría de los casos, puedes adaptar el tamaño de la letra en función de tu agudeza visual, por fuera es exactamente igual que el de tu vecino, da igual lo que estés leyendo. No da pie a que al verlo alguien te pregunte qué tal está; resulta sumamente confidencial. Tiene su iluminación propia que viene bastante bien para leer en la oscuridad si no tienes ojos de gato, y, lo mejor, en el mismo aparato caben los tropecientos ejemplares a los que me refería al principio, que si lo llenas a tope, lo mismo cabe la Biblioteca de Alejandría con papiros y todo.
Es cierto que tiene innumerables funciones, la mayoría de las cuales desconozco y que seguro harán más ágil acceder a contenidos del ejemplar que estás leyendo; bastante que descubrí la posibilidad de invocar al diccionario para averiguar el significado de algunas palabras sin tener que salir de la trama.
El inconveniente mayor que le encuentro, y algo he ido deslizando antes, es que termino uno y empiezo otro y ni me acuerdo del nombre, de la trama vagamente, y con el siguiente me pasa lo mismo, y con el siguiente también, sin llegar a empatizar con ninguno. Lo que he ganado en comodidad, lo he perdido en complicidad y singularidad. El libro físico es un todo, y el electrónico un compendio de narraciones. Al primero le coges cariño, si te gusta, y en todo caso respeto; al segundo, lo coges sin más.

