miércoles, 1 de julio de 2026

Un Pollito Aventurero

Mal sitio para un 30 de junio

30 de junio, Murcia, 13:00h. más o menos, 34º... a la sombra. Típico día murciano por estas fechas. Vuelvo a casa después de hacer unos recados en el coche con el aire acondicionado a 22º. Llego con cierta premura porque me acaban de notificar que Correos Express me ha dejado un paquete en Golosinas El Ratoncito Pérez, después de que ayer erraran el tiro, y Amazon está al caer con otro encargo, que lo mismo llega ahora o a las 8 de la tarde.

El pajarerío habitual por la zona, a baja cota, suele estar compuesto por infatigables gorriones, tórtolas amorosas, palomas despistadas y mirlos cantarines, así que cuando al llegar a la puerta del garaje veo de reojo en la baca de una furgoneta una cola que no me suena a ninguno de los anteriores, sin pensármelo dos veces, dejo el coche tal cual en la entrada del garaje y armado con el móvil, me voy para la furgoneta. La cola sigue allí pegada a un pájaro que reconozco como un cernícalo vulgar (o común, según gustos)

Intrépidamente me acerco camuflado detrás de un árbol y le hago una paupérrima foto en la distancia. Envalentonado con mi éxito, me acerco disimuladamente por detrás del árbol para intentar algo mejorable desde más cerca y ocurre lo que era de esperar: abre las alas y se da un vuelo hasta la copa de un naranjo cercano. El coche sigue arrancado en la puerta del garaje y no me parece prudente alejarme más, así que vuelvo al mismo y entro en él antes de que se vuelva a cerrar la puerta.

Como me ha parecido que el animalito andaba un tanto desorientado, me he dicho a mí mismo, ¿porqué no volver a intentarlo? así que subo la compra a casa, cojo la cámara de los pájaros que estaba cargando y vuelvo a bajar con la esperanza de que siga allí. Pero no, en la copa del naranjo, lo único que veo a través del teleobjetivo, son un puñado de hojas. Ni rastro del cernícalo. Eso sí, en el portal de al lado del naranjo, veo a una señora motera con el casco puesto, a una abuela con su nieto y al dueño de la tienda de peces de la esquina mirando todos hacia el portal y... la señora del casco con el móvil en ristre haciendo fotos. Así que como dos y dos son cuatro, me vuelvo a decir a mí mismo: ahí está el pájaro; y efectivamente, ahí estaba el pájaro, muy quieto, en un rincón al lado de la puerta, con el ojo de este lado muy atento al personal (que ya éramos unos cuantos), ni se cantea.

Antes de entrar en más conversaciones, yo a lo mío: le hago unas cuantas fotos para la posteridad y con mi objetivo conseguido, vuelvo a interaccionar con los reunidos: ¿qué hacemos? dice la abuela del niño. La del casco no dice nada, solo sonríe desde dentro del casco y hace fotos. A alguien habrá que llamar insiste la abuela, hay un centro de recuperación de aves en La Alberca, dice. Y es cierto, pero échale un galgo para localizar a ese alguien. Podemos llamar al 112 sugiero, y que ellos deriven el asunto a quien corresponda. Ah! pues sí, dice el de la tienda de peces, y como es el más cercano al tema animales, toma la iniciativa, llama, da las explicaciones oportunas, se identifica él y el sitio y quedamos a la espera.

Un pájaro con suerte

Aunque estamos a la sombra, hace calor, sale un vecino con un carrito de bebé y el pajarito ni se inmuta. Lo mismo nos deja cogerlo apunta el de los peces. Pues sí, colaboro yo, vete tu a saber cuando va a venir alguien para hacerse cargo de la situación. ¿Y si lo intentamos coger? Pues vale; el pecero se va a la tienda y regresa con una caja de cartón de buen tamaño y unos guantes de jardín por si el pico y las garras de la criaturita cuando intente echarle mano. Aunque esté mal decirlo, me hago cargo de la dirección de la operación. El pecero se acerca poco a poco hacia el pájaro y le indico: ve a por él con decisión, si dudas al acercarte, se va a escapar; dicho y hecho, el pecero le echa mano antes de que pueda decir ni pio, y yo con la caja abierta y preparada le ayudo con el remate ¡objetivo conseguido! 

Sin despedirnos del respetable (que se disuelve mientras nos alejamos) nos vamos con la caja hasta la tienda, y ya en su interior, sofocamos un conato de rebeldía y acomodamos a nuestro amigo a la espera de que alguien venga a hacerse cargo. El pecero queda como custodio y yo me voy con la satisfacción del deber cumplido, con mis fotos y con la curiosidad de conocer el desenlace. Así que esta tarde bajaré a la tienda para conocer el final de la historia.

Si te gustan los peces, este es el sitio

... Y a las 18:00h., también más o menos, y con mucha curiosidad, me he ido a la tienda de peces a preguntar por el pollito. Allí estaba el dueño, con sus peces, pero sin la caja/cobijo que habíamos improvisado. Y aquí viene la parte de su historia:

Le habían llamado los recuperadores de aves preguntándole de qué iba la cosa y como al parecer, están muy desbordados de trabajo, no le podían asegurar recoger al animalito antes de dos o tres días, ya que tenían entre manos temas mucho más importantes y urgentes que ir a recoger un triste pollo de cernícalo vulgar ( Encima eso, vulgar) El caso es que el pecero, como buen amante de los animales se ofreció a llevarlo al cerrar la tienda, al centro ese de recuperación de aves de La Alberca (Mucho nombre pero pocas nueces, digo yo)

Allá que se fue el buen hombre y tuvo la suerte de encontrarse al llegar con una furgoneta de recuperadores que se ofrecieron a hacerse cargo de la criatura. Según me cuenta que le cuentan, hay varios nidos de cernícalos por los alrededores de nuestro barrio y, al parecer, nuestro pollito aventurero se había ido a conocer mundo una semana antes de tiempo, y claro, entre los calores y la inmadurez, había acabado en el portal donde lo encontramos.

En cuanto madure un poco, seguro que lo tenemos de nuevo por los alrededores vigilando desde sus atalayas con esos ojazos, sin necesidad ya de que unos buenos samaritanos le echen el guante y lo metan en una caja. 

Si hubiera sabido el poco interés que nuestro amigo había despertado en los defensores de la fauna... jurado, me lo quedo!!!!!

Y el de Amazon no llegó... se habría encontrado con los recuperadores... todos ellos tan atareados...

martes, 5 de mayo de 2026

El E-Book

Seo de Palma. Modo Kindle

Hace unos cuantos Reyes, me trajeron un libro electrónico, el Kindle de Amazon. Una solución cómoda para acumular libros sin tener que buscarles acomodo en las petadas librerías, en las que por no caber, no cabe ni polvo.

La solución ideal si te gusta leer sin tener que apilar libros por los rincones. Todo ventajas: tiene un tamaño muy amanoso, y le caben libros como para cuatro vidas y media sin parar. Como a veces me pongo en plan obsesivo, gracias a y por culpa de mi amiga Pilarín, tras una lista de espera considerable, accedí a un grupo de Whatsapp que se llama La Biblioteca del Barrio, con mil y pico miembros que día y noche suben libros incansablemente. 

Y esa fue mi perdición, durante tres meses... o cuatro, me dediqué a descargarme todo lo que se movía, a mitad de ese periodo, empecé a ser un poco más selectivo, porque como diría Rocío, "no me daba la vida": archivar, clasificar, por nombres primero, por autores después y además pasarlos al formato adecuado para leerlos en el Kindle. ¡Un sin vivir! Dejé de leer, y casi dejo de hacer cualquier cosa que no fuera acumular y acumular ejemplares. Y así, unos cuatro meses como he dicho.

En ese tiempo alcancé la cifra de 938 autores, lo que a una media de solo 3 por cabeza, se va a los 3.000 libros del ala. Lo dicho: cuatro vidas y media sin parar. Ahí puse pie en pared y me salí del grupo agradeciendo los servicios prestados, aunque dejando algún miembro de la familia en el grupo, por que ¡nunca se sabe!

Amansada ya mi ansia recopilatoria, que no me llevaba a ningún lado más allá de considerarme a mí mismo un Diógenes digital, comencé a consumir lo que con tanto empeño conseguí reunir.

Y aquí viene la segunda parte de la historia. Los libros en papel, abultan, sí, pero son reconocibles físicamente, en el espacio, y en el tiempo. Cada vez que lo coges, lo sopesas, lo reconoces por sus tapas, acomodas la vista a su tipografía, se te muestra como algo único y diferente (Salvo que pertenezca a una colección en la que solo cambia el nombre de volumen) 

En el libro físico puedes pasar las páginas hacia delante o hacia atrás con la naturalidad que te da la costumbre. Si tiene unas tapas bonitas, hasta adorna. Lo tienes a la vista, te familiarizas con él, lo interiorizas, y cuando acabas de leerlo, te acuerdas del título de verlo cada vez en la portada, del autor, y al final ocupa un espacio físico en tu hogar, ganado por derecho propio, y en tu cabeza, porque la memoria es fundamentalmente visual (al menos la mía)

Seo de Palma. Modo Libro

El libro electrónico por lo general pesa bastante menos que el físico en la mayoría de los casos, puedes adaptar el tamaño de la letra en función de tu agudeza visual, por fuera es exactamente igual que el de tu vecino, da igual lo que estés leyendo. No da pie a que al verlo alguien te pregunte qué tal está; resulta sumamente confidencial. Tiene su iluminación propia que viene bastante bien para leer en la oscuridad si no tienes ojos de gato, y, lo mejor, en el mismo aparato caben los tropecientos ejemplares a los que me refería al principio, que si lo llenas a tope, lo mismo cabe la Biblioteca de Alejandría con papiros y todo. 

Es cierto que tiene innumerables funciones, la mayoría de las cuales desconozco y que seguro harán más ágil acceder a contenidos del ejemplar que estás leyendo; bastante que descubrí la posibilidad de invocar al diccionario para averiguar el significado de algunas palabras sin tener que salir de la trama. 

El inconveniente mayor que le encuentro, y algo he ido deslizando antes, es que termino uno y empiezo otro y ni me acuerdo del nombre, de la trama vagamente, y con el siguiente me pasa lo mismo, y con el siguiente también, sin llegar a empatizar con ninguno. Lo que he ganado en comodidad, lo he perdido en complicidad y singularidad. El libro físico es un todo, y el electrónico un compendio de narraciones. Al primero le coges cariño, si te gusta, y en todo caso respeto; al segundo, lo coges sin más.

domingo, 11 de enero de 2026

Un Inmigrante

Autobuses en Murcia

Hace que no cogemos el autobús en Murcia desde ni me acuerdo. Tenemos una tarjeta tricolor que en su momento adquirimos y que apenas usamos. Muchas veces, cuando vamos al centro nos la llevamos por si acá, pero al final siempre regresamos andando y no utilizamos el bus. 

Pero ayer, pajareando por el Corte Inglés, nos dieron más de las nueve y la vuelta a casa a nuestro ritmo, nos lleva media hora larga. Hacía fresquete y no apetecía nada emprender el largo regreso; total, como llevábamos la tarjetita, decidimos tomar alguno de los múltiples autobuses que llegan a nuestro barrio y hacer el trayecto cómodamente sentados.

Abordamos el primero que llega:

-Buenas, ¿pasa por Torre de Romo?

-Sí.

Pues arriba entonces. Como hace tanto de la última vez, no sabemos muy bien -ni muy mal- como funciona el asunto. 

-Hay que pasar la tarjeta por el lector -nos indica el conductor-. Obedientes, la pasamos y se enciende una lucecita roja.

-No tiene saldo. Al año, si no se usa, se desactiva.

-¿Y entonces, qué? ¿podemos pagar con dinero?

En estas estamos, cuando otro pasajero, un chico joven que nos había cedido el paso en la subida al autobús con una sonrisa de oreja a oreja y que estaba a nuestro lado presenciando la movida tarjetera, sin decir palabra, aproxima la suya al lector y la pasa ¡tres veces!

-Hala, ya está, dice y se va hacia dentro. 

Con la sorpresa nos cuesta reaccionar y cuando caemos en la cuenta de su gesto, el chico ya se ha perdido en las profundidades del autobús. Nosotros nos sentamos en la segunda fila que estaba libre y comentamos la jugada. Primero con sorpresa y después con gratitud. 

Un joven, del otro lado del charco grande -por su aspecto y acento-, de las Américas, que para unos descubrimos y civilizamos y para otros, también esquilmamos y masacramos. Opiniones hay para todos los gustos e intereses, y si no que se lo pregunten a la Leyenda Negra. Allí llevamos nuestra cultura, nuestro idioma y nuestra religión; creamos ciudades, fundamos universidades y erigimos catedrales.

Pues de allí procedía nuestro sorpresivo benefactor, al que pasados unos minutos, y tras el desconcierto inicial, me acerqué para agradecerle el detalle y ofrecerle una compensación para recargar su tarjeta, que enérgicamente rechazó sin perder la sonrisa y la afabilidad. Como pude, le introduje un billete en un bolsillo de la sudadera y con el eco de sus protestas regresé a mi lugar.

Al rato llegamos a nuestro destino y, ya en la acera, el autobús retomó la marcha y pudimos ver a nuestro joven amigo saludándonos y llevándose efusivamente el puño al corazón con la sonrisa en el rostro.

Y me pregunto, si cualquiera de nosotros, hispanos de pura cepa, en una circunstancia similar, habríamos arrimado nuestra tarjeta para que dos inmigrantes pudieran abordar un autobús. 

Por el camino recargamos nuestro bono para ocasiones posteriores, y el buen sabor de boca y la satisfacción de encontrar personas buenas por el mundo que sin esperar nada a cambio actúan con empatía y desinteresadamente, nos lo llevamos a casa.