domingo, 26 de abril de 2020

Alarma desde el Balcón. Limoncesto

!A la una!

¡A las dos!

Y, ¡a las tres!

Chamba, potra, chiripa, gamba…, eran palabras que utilizábamos en nuestra juventud para referirnos a cualquier actuación exitosa cuya consecución fuera un 95 % de casualidad y un 5% de otras variantes, más o menos. Ejemplos hay de lo más variado: un hoyo en uno en el golf, un gol de portero a portero en el fútbol, una canasta desde la otra punta del campo en el baloncesto, y así en todas las actividades de la vida. Viene a ser como la cara positiva de la Ley de Murphy, esa de “si algo malo puede pasar, pasará”.

Todo esto viene a cuento de que en la mañana de un nuevo sábado confinado en el recurrente balcón, el de la Alarma, mientras hablaba con un colega de confinamiento por teléfono contemplando la sierra murciana, me he dado cuenta de que en una de las cajas donde almacenamos la vitamina C, a un limón se le había puesto mala cara y, pensando en que no contagiase a sus colegas, lo he apartado para tirarlo a la basura.

Eso habría hecho cualquiera, cualquier padre de familia cabal y ya madurito, pero éste, que lleva tropecientos días metido en su casa y que se distrae haciendo fotos a las musarañas, ni corto ni perezoso, mientras continuaba la conversación telefónica, ha medido la distancia, ha sopesado la fuerza que le queda a estas alturas en el brazo, y sin pararse a pensarlo (ahí está la clave de la inconsciencia), ha clavado un triple de tres puntos en la caseta del juego infantil, embocando por arriba, sin tocar aro. Lo que viene siendo todo un alarde de chamba, potra, chiripa y gamba.

Y sin más, he terminado la conversación, he inmortalizado mi hazaña y me he ido a contársela al resto de la familia, consciente de que me la iba a cargar por gamberro.

Pero vivimos tiempos difíciles y el limón me ha alegrado el día.

1 comentario:

  1. Carta a un atrevido y feliz padre de familia:
    Al leer tu bonita historia, que agradezco, me llaman la atención algunos aspectos que me habían pasado inadvertidos -al menos parcialmente- anteriormente y que ahora aprecio, tales como el amor a tu tierra, la imaginación, el atrevimiento y la osadía -cuando no temeridad- que se desprenden del apasionante relato.
    El limón, por fin te manifiestas claramente enamorado de esta tierra, no de forma tímida o velada, como en la historia del arbolillo (pequeño naranjo lo denominabas), maltratado por el artilugio mecánico o cortejado por el camión de reparto, depende de la óptica con que se contemple. Un limón, y con apellido murciano. No podías lanzar una pelota, un balón o el horrible jarrón ese, supuesto cristal de Murano, que te regaló tu yerno y que no sabes dónde esconder. No. Un limón. Con dos palabras.
    Cuánta imaginación trasmites a tus lectores, qué ejemplo de horizonte sin puertas. Sólo tú, el servicio municipal de limpieza y tus observadores vecinos, sabéis cuántos limones aparecen cada mañana en el suelo junto a la zona de juegos infantiles, todos fuera del recinto dada la lejanía entre tu balcón y los juegos. Y tu tendero contento por la cantidad de limones que le compras. Tienen mucho zumo y saben muy bien, ¿usted también quiere un saco cada día, como su amigo? me pregunta últimamente. Cualquiera le devuelve a la realidad, bastante tiene el hombre con mantenernos distanciados y evitar contactos, algunos no deseados.
    Me sorprende tu atrevimiento, la verdad. Y gratamente. Creí que urdirías la trama colocando el limón con la ayuda de Leo, tu perro fiel, él lo bajaría en la boca, lo llevaría hasta la zona de juegos y tú lo pondrías dentro de la caseta, simulando que había sido lanzando desde tu balcón como cuentas. Bastaba con elegir un limón pequeño y pedir a Leo que no lo mordiese, sólo lo sujetase con los dientes. Pero no. No para tí, atrevido. Tuviste que bajarlo tú incumpliendo el obligado confinamiento al que todos, salvo los de los servicios esenciales, estamos obligados en la situación actual de alarma. Qué atrevimiento.
    Y rematas la historia con un final osado y temerario, no me lo esperaba. Una vez finalizada la puesta en escena, vas y se lo comentas a tu familia, a sabiendas -como reconoces, con una desfachatez increíble- que se liará la del pulpo. Me pregunto si buscabas pendencia, tenías deudas pendientes no satisfechas o simplemente querías poner a tu familia a prueba. He tenido que releer repetidamente y en voz alta tu último párrafo para verificar que eras consciente de lo que iba a pasar, al menos que así lo habías escrito. Que osadía, un mundo por descubrir.
    Acabo esta carta agradeciendo tu mensaje por el que me siento inducido al seguimiento de los valores que destaco en tu historia y prometo hacerte responsable de los posibles daños y perjuicios que esta actitud pudiera acarrearme.
    Tu amigo Enrique

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